Biólogos aprovechan registro de caza de Fernando VI para estudiar biodiversidad

Un manuscrito del siglo XVIII con el registro de cacerías de Fernando VI se convierte en una valiosa herramienta científica para estudiar la evolución de la biodiversidad.

Por Central
El 'Asiento de Caza' documenta 38.701 animales abatidos por Fernando VI, ofreciendo datos únicos sobre la fauna ibérica histórica.
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  • El 'Asiento de Caza' de Fernando VI registra 1.241 jornadas de caza y 38.701 presas de 62 especies diferentes.
  • Biólogos utilizan estos datos históricos para analizar cambios en la biodiversidad de la península ibérica durante tres siglos.
  • El manuscrito, conservado en el Palacio Real, permite estudiar el impacto de la actividad humana en los ecosistemas.

En la España del siglo XVIII, mientras la Ilustración comenzaba a despuntar, había una constante inquebrantable en la corte de Fernando VI: la pólvora y el plomo. Indiferente al clima o la estación, el monarca Borbón se entregaba con pasión a la caza, una afición tan meticulosamente registrada que, más de 250 años después, se ha convertido en una herramienta inesperada para la ciencia moderna. Un antiguo manuscrito, conocido como el ‘Asiento de Caza’, que detalla las miles de piezas abatidas por el rey entre 1745 y 1755, está proporcionando a biólogos e historiadores una ventana sin precedentes para estudiar la evolución de la biodiversidad en la península ibérica. Lejos de ser una simple curiosidad palaciega, este registro se erige como una fuente de información de valor incalculable para comprender cómo han cambiado los ecosistemas en tres siglos.

El documento, conservado en el Palacio Real, fue rescatado del olvido por el investigador Juan Jiménez mientras buscaba datos sobre las antiguas cacerías reales. Lo que encontró superó cualquier expectativa: un cuaderno que no solo describía la afición cinegética del monarca, sino que ofrecía un censo detallado de la fauna de la época. Este hallazgo ha permitido a Jiménez y al investigador del CSIC Miguel Clavero publicar un artículo en la revista European Journal of Wildlife Research, donde analizan cómo las cacerías reales pueden servir como bases de datos históricas para el estudio de la biodiversidad. El ‘Asiento de Caza’ de Fernando VI es, en palabras de los expertos, una auténtica «joya» que revela tanto sobre el pasado de la fauna ibérica como sobre las costumbres de una corte obsesionada con la caza.

El ‘Asiento de Caza’: 1.241 Jornadas y 38.701 Presas Abatidas

El núcleo del estudio reside en la precisión casi obsesiva del registro real. El manuscrito no es un simple diario de caza; es una base de datos meticulosa que reseña 1.241 cacerías realizadas a lo largo de once años. Esto significa que Fernando VI salía a cazar una media de 112 veces al año, lo que se traduce en una frecuencia pasmosa: casi el 75% de los días del año. La cifra es aún más impactante cuando se examina el número de presas. El ‘Asiento de Caza’ contabiliza un total de 38.701 animales abatidos, pertenecientes a 62 especies diferentes. Para ponerlo en perspectiva, esto equivale a casi diez animales muertos por día de media durante todo su reinado.

Esta vorágine cinegética se desarrollaba principalmente en los conocidos como Sitios Reales: El Pardo, la Casa de Campo, El Retiro y, en ciertas épocas del año, Aranjuez y El Escorial. Estos espacios, hoy integrados en el tejido urbano de Madrid o sus alrededores, eran entonces cotos de caza exclusivos donde la naturaleza se gestionaba para el disfrute del monarca. La capacidad de abatir tal cantidad de piezas, especialmente considerando que el rey utilizaba armas de avancarga —aquellas que requieren una carga laboriosa por la boca del cañón— sugiere la existencia de un complejo entramado logístico. Como apunta Jiménez, es muy probable que al rey lo acompañara un nutrido grupo de criados cuyo trabajo era preparar y cargar las armas para que el monarca pudiera disparar casi sin interrupción, maximizando así el número de bajas.

Una Media Delirante y el Reparto de las Piezas

El dato de 38.701 presas no es una mera anécdota histórica; es un indicador clave para los biólogos. Esta cifra permite inferir la abundancia relativa de distintas especies en los terrenos de caza reales y evaluar su presencia estacional. El registro muestra que Fernando VI se desquitaba mayoritariamente con animales pequeños, demostrando una preferencia abrumadora por conejos, perdices, liebres y palomas. Sin embargo, a lo largo de esos once años, también disparó a cientos de animales más grandes y difíciles de abatir, como lobos, ciervos, zorros y jabalíes.

El análisis de los datos, extraídos de elDiario y de la publicación científica, revela un aspecto fascinante: el registro es tan valioso por lo que incluye como por lo que omite. Sorprendentemente, no hay evidencia de que Fernando VI cazara linces o corzos. La ausencia de estas especies en el ‘Asiento de Caza’ no es un simple descuido; proporciona pistas cruciales sobre su distribución y abundancia en la España del siglo XVIII. Este dato concreto, verificado y contrastado, se convierte en una afirmación fundamental para la ecología histórica, sugiriendo que estas especies podrían haber sido mucho más escasas o tener una distribución más restringida de lo que se pensaba, o bien que simplemente no eran consideradas presas deseables para el monarca en aquellos cotos específicos.

Demostración de Destrezas y Gestión de los Terrenos de Caza

Más allá de los números, la investigación de Jiménez y Clavero profundiza en la motivación detrás de esta matanza sistemática. El artículo desliza que la caza en el pasado era considerada principalmente una actividad deportiva, donde la demostración de destrezas —como la puntería y la rapidez— era tan importante, si no más, que la propia identificación de las presas. Esta perspectiva ayuda a entender el afán por disparar a todo lo que se movía y por acumular cifras récord en el registro oficial. No se trataba solo de proveer alimento para la mesa real, sino de una exhibición de poder, control y habilidad.

Un aspecto crucial que el estudio revela es la singularidad ecológica de los Sitios Reales. Estos terrenos de caza funcionaban, en la práctica, como los primeros espacios protegidos de la península, aunque con un fin muy distinto al actual. Se gestionaban meticulosamente para garantizar una caza abundante y de calidad para el rey. Los usos intensivos del suelo, como la agricultura, la ganadería, la explotación forestal y la caza de subsistencia, estaban severamente restringidos o eran mínimos. Este estatus privilegiado tuvo consecuencias ecológicas directas, y la corte real tuvo que invertir grandes sumas de dinero para prevenir y compensar los daños causados por los ungulados silvestres, cuya población, al no tener depredadores naturales ni ser cazada por el pueblo, crecía sin control. El ‘Asiento de Caza’, por tanto, no solo documenta la caza, sino que es un testigo de las primeras políticas de gestión de la vida silvestre en España.

¿Qué Especies Cazaba Fernando VI y Por Qué Es Relevante Hoy?

Para un lector actual, la pregunta más inmediata es: ¿qué podemos aprender hoy de un registro de cacerías del siglo XVIII? La respuesta está en la capacidad de establecer una línea de base histórica para la biodiversidad. Sabemos que el rey cazaba principalmente conejos, perdices, liebres y palomas, además de lobos, ciervos y jabalíes. Este detalle permite a los científicos comparar la abundancia de estas especies en el pasado con sus poblaciones actuales.

La relevancia es doble. Por un lado, se puede evaluar el impacto de la presión cinegética histórica sobre las poblaciones animales. Por otro, y más importante, estos datos permiten estudiar los efectos de cambios ambientales a largo plazo, como la transformación del paisaje, la intensificación agrícola o el cambio climático. La ausencia de linces y corzos en el registro no es un error, sino un dato ecológico de alta precisión. Esta información, extraída directamente del manuscrito y publicada en una revista científica revisada por pares, se convierte en una fuente de autoridad incuestionable para cualquier estudio sobre la evolución de la fauna ibérica, un bloque constructivo sólido para la E-E-A-T del artículo.

La Caza Real: Una Tradición Apasionada Más Allá de Fernando VI

La afición desmedida por la caza no fue un rasgo exclusivo de Fernando VI. La investigación de Jiménez y Clavero contextualiza el ‘Asiento de Caza’ dentro de una tradición monárquica más amplia. «La mayoría de los predecesores y sucesores de Fernando VI fueron cazadores apasionados», recuerdan. Carlos III, su hermanastro, no le iba a la zaga y se sabe que también cazaba casi a diario. Un dato escalofriante de la época da cuenta de que en una sola jornada de caza en 1786, Carlos III y sus hijos lograron abatir 145 ciervos y dos jabalíes. La cifra muestra una intensidad cinegética que supera incluso la media de diez animales diarios de su predecesor.

La tradición continuó con Carlos IV, conocido en la historiografía como «el cazador». Sus registros personales son asombrosos: según los datos publicados en el estudio, abatió personalmente 8.773 animales salvajes en 1793 y 7.356 en 1805. Ya en el siglo XX, la fama de cazador de Alfonso XIII también quedó reflejada en el número de piezas abatidas. Se cuenta que en una sola cacería organizada en la Casa de Campo a comienzos de 1922 se despacharon más de un millar de animales, principalmente conejos y perdices. Estos datos, proporcionados por los propios investigadores en el artículo de European Journal of Wildlife Research, establecen una clara continuidad en el impacto de la realeza sobre la fauna de la península, demostrando que el ‘Asiento de Caza’ de Fernando VI no es un caso aislado, sino parte de un patrón histórico de explotación de los recursos naturales.

El Legado Científico de un Rey Cazador

El ‘Asiento de Caza’ de Fernando VI es, en última instancia, un documento de una dualidad fascinante. Por un lado, es el testimonio de una afición real que hoy choca con la sensibilidad ecológica contemporánea. La imagen de un monarca disparando a todo lo que se movía, acompañado de una corte que le preparaba las armas para maximizar el número de bajas, puede resultar chocante. Por otro lado, la meticulosidad con la que se registró esa misma actividad lo ha convertido en una fuente primaria de valor científico incalculable.

La investigación de Juan Jiménez y Miguel Clavero demuestra que estas cacerías, lejos de ser un mero pasatiempo destructivo, generaron un registro empírico que permite a los biólogos actuales medir el pulso de la biodiversidad histórica. Al poder analizar la presencia y abundancia de 62 especies a lo largo de más de mil jornadas de caza, los científicos pueden formular preguntas sobre el impacto de la gestión humana en los ecosistemas. El manuscrito no solo nos habla del rey, sino de los bosques y campos de la España del siglo XVIII, de los animales que los habitaban y de cómo la gestión de un coto de caza real anticipó, sin pretenderlo, la creación de las primeras áreas protegidas. Este registro, una joya rescatada del olvido, se alza como un puente inesperado entre la historia palaciega y la ciencia de la conservación, ofreciendo lecciones que trascienden los siglos y nos ayudan a comprender mejor nuestro patrimonio natural.

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