España evita el desabastecimiento de diésel que golpea a Francia

La capacidad industrial de España, con ocho refinerías, la protege de la crisis de combustible que afecta a Francia.

Por Central
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  • Francia necesita importar 380.000 barriles diarios de gasóleo, mientras España solo importa 100.000.
  • Las refinerías españolas pueden procesar hasta 30 variedades de crudo de 20 países diferentes.
  • España produce internamente 500.000 de los 600.000 barriles de gasóleo que demanda al día.

Mientras Francia lidia con un 11% de sus estaciones de servicio afectadas por problemas de abastecimiento de combustible y una oleada de compras de pánico que ha paralizado parcialmente su red de distribución, España observa desde una posición de relativa fortaleza. La diferencia reside en la capacidad industrial: el país cuenta con ocho refinerías operativas que, durante la última década, se han convertido en un activo estratégico inesperado. Sin embargo, aunque la península evita por ahora el fantasma del desabastecimiento de diésel que golpea a su vecino, la intersección de la guerra en Irán, los ataques a infraestructuras energéticas saudíes y la ofensiva de Ucrania contra refinerías rusas ha creado una crisis sistémica de la que ningún país europeo puede escapar completamente.

El mapa de la crisis: por qué Francia se queda sin diésel y España resiste

La raíz del problema no es únicamente el precio del crudo, sino la desaparición de la capacidad de refinado en Europa. Durante años, el continente cerró refinerías al considerarlas un negocio ruinoso y poco alineado con los objetivos de cero emisiones netas. Esta apuesta se ha vuelto en contra cuando la geopolítica ha cortado los flujos de suministro. La producción interna de Francia es insuficiente: en septiembre, el país demandó 750.000 barriles de gasóleo, pero su producción nacional apenas alcanzó los 370.000 barriles. La diferencia, casi la mitad de su consumo, debía ser importada, y esas importaciones se han visto estranguladas por los conflictos en Oriente Medio y el este de Europa.

España, en cambio, parte de una base industrial más sólida. Las compañías petroleras españolas, entre 2008 y 2011, realizaron una fuerte apuesta inversora en el sector. Hoy, el país alberga ocho refinerías de gran capacidad: cinco pertenecientes a Repsol (Cartagena, Tarragona, Bilbao, Puertollano y A Coruña), dos de Moeve (Huelva y Algeciras) y una de BP (Castellón). Esta infraestructura representa el 13% de la capacidad total de refinado de Europa, una cifra solo superada por Alemania e Italia. En términos prácticos, mientras Francia necesitaba importar 380.000 barriles diarios de gasóleo, España producía internamente 500.000 de los 600.000 que demandaba, reduciendo drásticamente su exposición a las turbulencias del mercado internacional.

La capacidad de refino como salvavidas industrial

La ventaja española no reside solo en el número de plantas, sino en su versatilidad técnica. Según datos de Bankinter, las refinerías españolas pueden procesar hasta 30 variedades distintas de petróleo crudo procedentes de 20 países. Esta diversidad permite a las plantas adaptarse rápidamente a los cambios en la oferta global, evitando la dependencia de un único tipo de crudo o de una sola región geopolítica. Mientras que las refinerías francesas, menos flexibles y más orientadas a crudos específicos, sufren cuando una ruta marítima se bloquea o un oleoducto es atacado, las españolas pueden reconfigurar su proceso para aceptar cargamentos alternativos.

Inés Cardenal, portavoz de la patronal petrolera AICE, ha señalado que las plantas españolas están trabajando a pleno rendimiento y ha calificado la posición del país como la mejor preparada para abordar lo que la Agencia Internacional de la Energía ha denominado «la peor crisis de suministro de la historia». La afirmación no es trivial: la producción interna permite que, por ahora, las gasolineras españolas no experimenten los niveles de desabastecimiento que se ven en el norte de Francia.

Los detonantes geopolíticos que han desatado la escasez

La crisis actual no es un evento aislado, sino la culminación de una serie de choques geopolíticos que han ido erosionando el suministro global de combustible. El estallido de la guerra en Irán comprometió una de las rutas más vitales para el transporte de crudo. Posteriormente, los ataques de las fuerzas iraníes contra los oleoductos y la costa de Arabia Saudí han disparado los precios del petróleo hasta su nivel más alto desde febrero de este año, al tiempo que reducían el flujo de crudo ligero que Europa necesita para sus refinerías más modernas.

Paralelamente, la ofensiva de Ucrania contra las refinerías rusas ha eliminado del mercado europeo una fuente significativa de diésel y gasolina. A esto se suma la decisión de Vladímir Putin de prorrogar la prohibición de exportar diésel ruso hasta octubre, una medida que ha secado aún más el mercado. Y más allá de los frentes de guerra, los ataques hutíes a las infraestructuras sauditas han añadido otra capa de incertidumbre a las rutas marítimas del mar Rojo y el golfo Pérsico, encareciendo los fletes y alargando los tiempos de entrega.

¿Cuándo empezaron las compras de pánico en Francia?

La tormenta perfecta se materializó a mediados de septiembre. Las estaciones de servicio de TotalEnergies, que habían fijado precios máximos (2,25 euros el litro de diésel y 1,99 euros el de gasolina) para aliviar a los consumidores, se convirtieron en el epicentro del pánico. Al ser las más económicas, los conductores acudieron en masa, vaciando sus depósitos en cuestión de horas. La escasez se propagó rápidamente: según la web oficial del gobierno francés, hasta un 15% de las estaciones de servicio llegaron a presentar problemas de abastecimiento, aunque la cifra se ha estabilizado en torno al 11%. La situación es particularmente grave en París y sus alrededores, donde la mitad de las gasolineras ya no tienen ningún tipo de combustible disponible.

Para contener la crisis, el presidente Emmanuel Macron ha escrito una carta a la Comisión Europea solicitando mecanismos de emergencia. La petición es doble: primero, pide flexibilizar las normas que especifican las características de los combustibles, como la densidad, la volatilidad y los niveles de desulfuración, permitiendo así fabricar carburante de peor calidad pero de forma más rápida. Segundo, solicita el aplazamiento de las nuevas normativas europeas sobre emisiones de metano, argumentando que en una crisis de oferta, las prioridades regulatorias deben reajustarse. Internamente, el ejecutivo francés ha extendido ayudas a los consumidores con una partida de más de 1.400 millones de euros, en un momento de fuerte presión sobre su gasto público.

Las ocho refinerías que protegen a España de la tormenta energética

Mientras Macron negocia con Bruselas, las refinerías españolas operan a pleno rendimiento. La red industrial se distribuye estratégicamente por la península: Cartagena y Tarragona en el Mediterráneo, Bilbao en el Cantábrico, Puertollano en el centro peninsular, A Coruña en el noroeste, y las dos plantas de Moeve en Huelva y Algeciras, que cubren el sur y el estrecho de Gibraltar. A estas se suma la refinería de BP en Castellón, que completa un anillo que cubre prácticamente todas las regiones del país.

La producción agregada de estas ocho plantas es imponente. Con una capacidad que representa el 13% del total europeo, España puede procesar más de 1,2 millones de barriles de crudo al día cuando opera al máximo. Esta capacidad instalada se ha convertido en un escudo frente a la volatilidad internacional. Mientras que la dependencia francesa de las importaciones la hace extremadamente vulnerable a cualquier interrupción en el estrecho de Ormuz, el mar Rojo o el Bósforo, España puede recurrir a su propia producción para cubrir la mayor parte de su demanda interna de diésel.

¿Por qué las refinerías españolas pueden procesar más variedades de petróleo?

La clave está en la inversión realizada durante la crisis financiera de 2008-2011. En aquel momento, mientras otras operadoras europeas reducían su exposición al refino por considerarlo poco rentable, las compañías españolas apostaron por modernizar sus plantas. Se incorporaron unidades de hidrocraqueo y coquización que permiten procesar crudos más pesados y sulfurosos, los cuales son más baratos pero requieren tecnología más avanzada. Esta flexibilidad técnica, combinada con la logística portuaria que permite recibir crudos de veinte países distintos, otorga a las refinerías españolas una capacidad de adaptación que es única en el contexto europeo.

Esta versatilidad es crucial en el escenario actual. Si un ataque hutí en Arabia Saudí corta el suministro de crudo ligero, una refinería española puede cambiar a crudo pesado de Nigeria o de Brasil sin detener la producción. Una refinería francesa con menos flexibilidad técnica se vería forzada a reducir su capacidad o incluso a parar. Esa diferencia, en un mercado global ajustado, marca la línea entre el desabastecimiento y la normalidad.

La paradoja española: más segura, pero no inmune a la crisis de la cesta de la compra

A pesar de la capacidad industrial, España no es un oasis energético. Como el propio Macron subrayó en su carta a Bruselas, una crisis de carburantes no es un problema aislado, sino una crisis subyacente de la oferta que tiene efectos en cadena sobre toda la economía. El diésel es el combustible que mueve el transporte de mercancías, la maquinaria agrícola y la logística industrial. Cuando su precio se dispara o su disponibilidad se reduce, el impacto se transfiere directamente al consumidor final a través del aumento del precio de los alimentos y de cualquier bien que requiera transporte.

Según datos de Reuters, los precios récord del diésel en Estados Unidos ya están comprimiendo los márgenes de los agricultores y elevando los costes de producción de alimentos. En Europa, la dinámica es la misma. Aunque las gasolineras españolas tengan combustible, los precios son elevados. El coste del crudo ronda sus máximos anuales, y el encarecimiento del flete marítimo —fletar un petrolero ha pasado de 100.000 dólares a un millón de dólares al día— se traslada al precio final del litro. España puede tener diésel disponible, pero el consumidor lo pagará caro.

Además, la ventaja comparativa no es absoluta. España sigue importando 100.000 barriles de diésel al día para cubrir su demanda total. Si la crisis se agrava y los mercados internacionales se contraen aún más, ese déficit podría ser difícil de cubrir. La resiliencia española es superior a la francesa, pero depende de que las refinerías mantengan su producción al máximo y de que las rutas marítimas sigan abiertas. Un bloqueo total del estrecho de Ormuz o una escalada del conflicto en Oriente Medio que cierre el canal de Suez pondría a prueba incluso la flexibilidad de las ocho refinerías.

¿Puede España aislarse completamente de la crisis energética?

No. La interconexión de los mercados energéticos globales hace imposible un aislamiento total. Un español puede llenar el depósito de su coche sin hacer cola, algo que un parisino no puede hacer en este momento, pero pagará un sobrecoste significativo respecto a hace un año. La verdadera ventaja española es de tiempo y de intensidad: la crisis llegará de forma más suave y tardía, pero no evitará la inflación energética ni la subida de los precios de los alimentos y el transporte asociada a ella.

Lo que la experiencia francesa demuestra es que la desindustrialización del refino en Europa ha sido un error estratégico de primer orden. La transición energética hacia vehículos eléctricos y renovables es necesaria, pero el cierre prematuro de refinerías ha dejado al continente expuesto a una vulnerabilidad geopolítica que podría haberse evitado. España, por su decisión de mantener y modernizar su capacidad industrial, ha ganado una baza valiosa. La lección para el resto de Europa es clara: la seguridad energética no depende solo de la producción de crudo, sino de tener dónde y cómo refinarlo.

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