El pasado 12 de agosto, un eclipse solar total volvió a convertir el cielo en un espectáculo inolvidable para quienes tuvieron la oportunidad de presenciarlo en España y en otros puntos del planeta. Durante los escasos minutos de totalidad, la corona solar —esa gigantesca envoltura de gas ionizado a millones de grados— se dibujó alrededor del disco lunar como una llamarada fantasmal. Para la ciencia, los eclipses han sido durante siglos una ventana única hacia esa estructura esquiva. Pero ya no dependemos exclusivamente de la naturaleza. La misión Proba 3 de la Agencia Espacial Europea (ESA), con la científica Esther Bastida entre sus protagonistas, ha logrado generar el equivalente a 4.000 eclipses solares a lo largo de 2025, una cifra que habría sido inimaginable para los astrónomos de generaciones anteriores.
Bastida, ingeniera española de la ESA, forma parte del equipo que ha hecho realidad una de las proezas técnicas más ambiciosas de la exploración solar reciente: crear eclipses artificiales en el espacio con una precisión milimétrica. La clave no está en un único instrumento, sino en un tándem de satélites que trabajan coordinados como una pareja perfecta.
Proba 3: dos satélites que generan un eclipse cada seis horas
La misión Proba 3 consiste en dos satélites de pequeño tamaño que vuelan en formación: Occulter y Coronagraph. El primero está equipado con un disco circular que actúa como una Luna artificial. Cuando se interpone entre el Sol y su compañero, bloquea la luz de la estrella y deja accesible la corona solar. Coronagraph, por su parte, es el encargado de estudiar esa luz tenue con instrumentos de alta precisión.
Durante 2025, este dúo recopiló información equivalente a la que se habría obtenido con 4.000 eclipses solares naturales. Para dimensionar la cifra: en la Tierra, los eclipses solares totales son eventos raros que ocurren en promedio cada 18 meses en un mismo lugar y que, en todo el planeta, se cuentan entre dos y cinco por año. Proba 3, en cambio, es capaz de crear un eclipse artificial cada vez que Occulter y Coronagraph se alinean con el Sol, y esa alineación puede mantenerse durante horas.
La idea no es nueva: los coronógrafos llevan décadas bloqueando artificialmente la luz solar para estudiar la corona. La novedad radical de Proba 3 es que la ocultación no ocurre dentro de un mismo instrumento, sino entre dos naves separadas en el espacio. Eso permite que el disco de Occulter esté mucho más lejos de la lente de observación, lo que a su vez permite ver la corona mucho más cerca del borde solar que cualquier coronógrafo convencional.
Una precisión milimétrica en el vacío
Para que el eclipse artificial funcione, no basta con que los dos satélites estén aproximadamente alineados. La sombra que proyecta Occulter debe caer exactamente sobre el telescopio de Coronagraph, y eso exige una sincronización extrema. En condiciones normales, los satélites vuelan a una distancia de entre 100 y 200 metros entre sí. Pero cuando se trata de generar el eclipse, son capaces de acercarse con una precisión milimétrica, un hito tecnológico que no tiene precedentes en el espacio.
Esther Bastida explica que el secreto está en combinar varias tecnologías que trabajan juntas, desarrolladas a lo largo de muchos años. «Por ejemplo, tenemos un grupo de cámaras que están en uno de los satélites y lo que hacen es seguir un patrón de luces LED que se encuentra en el otro», relata. «Una vez que están bien colocados y en formación, los dos comprenden que están en esta posición».
Además de las cámaras, un láser viaja de un satélite al otro y rebota, afinando todavía más la posición. Y ambos satélites son capaces de comunicarse entre sí, compartiendo constantemente su ubicación. El resultado es que, en el momento exacto en que Occulter tapa el Sol, Coronagraph se sitúa en la zona de sombra para captar la corona solar durante seis horas completas. En un eclipse natural, la totalidad apenas dura unos minutos.
El incidente de febrero de 2026: cuando Coronagraph se quedó mudo
La misión se lanzó en diciembre de 2024 y, durante todo 2025, todo funcionó a la perfección. Sin embargo, en febrero de 2026, Coronagraph dejó de responder de repente. Los controladores de la ESA enviaban comandos al satélite y no obtenían ninguna respuesta. Podría haber sido el fin de la misión, pero el equipo logró diagnosticar y resolver el problema tras varias semanas de trabajo.
«En un principio, la estrategia fue tratar de comunicarnos con él repetidas veces», cuenta Bastida. «Luego comprendimos que la comunicación quizás no estaba siendo posible por otro motivo y llegamos a la conclusión de que lo que probablemente estaba pasando era que el satélite no tenía suficiente potencia o energía como para comunicarse».
La hipótesis, que se confirmó después, era que el satélite había entrado en un estado seguro, «como si estuviese dormido o apagado». En esa situación, giraba de manera que su panel solar no apuntaba al Sol, por lo que no podía cargar las baterías y carecía de la energía suficiente para comunicarse.
La solución pasó por utilizar al otro satélite como explorador. «Llegados a este punto, la prioridad fue el otro satélite, que afortunadamente estaba perfectamente y lleva varias cámaras», explica Bastida. «Nos acercamos más al satélite que no respondía, al coronógrafo, y tomamos imágenes para comprobar dónde estaba, para saber que estaba bien y poder entender en qué posición estaba exactamente». Esas imágenes permitieron a los ingenieros reorientar Coronagraph para que su panel volviera a recibir luz solar, recargara las baterías y restableciera las comunicaciones. «Al cabo de más o menos un mes desde la anomalía original, el coronógrafo volvió a la vida y empezó a mandar comandos otra vez», dice Bastida.
Después de la recuperación, el equipo se dedicó a revisar todos los sistemas para comprobar que habían sobrevivido a un mes de temperaturas extremadamente frías y sin supervisión. La sorpresa fue muy positiva: «El instrumento coronógrafo había sobrevivido, lo cual fue increíble porque significa que el satélite estaba construido con una resiliencia muy grande tanto a nivel de hardware como de software», afirma la científica.
La huella española en Proba 3
El éxito de Proba 3 tiene un claro acento español. SENER, la empresa vasca de ingeniería, es el contratista principal de la misión. Pero no ha sido la única compañía española involucrada. Como detalla Bastida, Airbus construyó la estructura de los satélites, GMV desarrolló las leyes de guiado, navegación y control, y los algoritmos de dinámica orbital, y Deimos Space se encargó del análisis de misión.
Esta participación española no es casualidad. España cuenta con un ecosistema aeroespacial maduro, con empresas que han sabido especializarse en tecnologías de navegación por satélite, control de actitud y vuelo en formación. Proba 3 es un ejemplo de cómo la cooperación europea y la industria española pueden producir resultados que rozan la ciencia ficción.
Más allá de la corona solar: limpieza de basura espacial y servicios en órbita
Aunque el objetivo principal de Proba 3 es científico, la tecnología que hay detrás tiene aplicaciones prácticas muy concretas en el futuro inmediato de la industria espacial. La capacidad de maniobrar dos naves con precisión milimétrica en el espacio abre la puerta a operaciones que hasta ahora eran extremadamente difíciles o imposibles.
Una de las más importantes es la retirada de basura espacial. «Ahora que el problema de la basura espacial está muy presente, potencialmente se pueden utilizar estas tecnologías para acercarse a objetos de basura espacial, cogerlos y deorbitarlos», señala Bastida. La idea es que un satélite «cazador» pueda aproximarse a un objeto en desuso, capturarlo y llevarlo a una órbita de reentrada controlada.
Otra aplicación directa son los servicios en órbita, como el repostaje de satélites que han agotado su combustible o la reparación de naves averiadas. Poder acoplarse a un satélite de manera autónoma y segura es un primer paso hacia una economía espacial más sostenible, en la que los satélites ya no se abandonan al final de su vida útil, sino que pueden ser reabastecidos o actualizados.
¿Por qué los eclipses naturales son tan escasos?
La necesidad de crear eclipses artificiales se entiende mejor cuando se repasa la geometría que produce los eclipses naturales. El Sol es 400 veces más grande que la Luna, pero también está unas 400 veces más lejos de la Tierra. Esa coincidencia numérica hace que, desde nuestra perspectiva, ambos discos tengan un tamaño aparente casi idéntico. Cuando los tres astros se alinean, la Luna puede cubrir exactamente al Sol.
Pero esa alineación no es frecuente. El plano orbital de la Luna forma un ángulo de unos 5 grados con el plano de la órbita terrestre alrededor del Sol, de modo que la Luna casi siempre pasa por encima o por debajo del disco solar. Como resultado, cada año se producen normalmente entre dos y cinco eclipses solares, y la mayoría no son totales. En muchos casos, además, ocurren en lugares remotos: en medio del océano, en regiones desérticas o en latitudes de difícil acceso.
Para los científicos, esa escasez ha sido históricamente un problema. «A menudo tienen lugar en zonas donde no hay acceso a telescopios de precisión y quizás es difícil llevarlos, porque puede ser en medio del océano o un lugar muy recóndito», explica Bastida. Un coronógrafo espacial como el de Proba 3 elimina esas limitaciones.
¿Cuántos eclipses al año puede generar Proba 3?
Proba 3 puede generar el equivalente a unos 4.000 eclipses solares al año. Esa cifra se alcanzó en 2025, su primer año completo de operaciones, y demuestra la enorme ventaja de disponer de un sistema de eclipse artificial en el espacio. Mientras que en la Tierra hay que esperar meses o años para contemplar un eclipse total en una ubicación concreta, la misión de la ESA puede producir miles de ocultaciones controladas cada año, cada una de ellas con una duración de hasta seis horas.
Esta capacidad no solo multiplica el volumen de datos científicos sobre la corona solar, sino que permite estudiar fenómenos que cambian rápidamente, como las eyecciones de masa coronal o los vientos solares, con una continuidad que ningún eclipse natural podría ofrecer.
Preguntas frecuentes sobre Proba 3 y los eclipses artificiales
- ¿Qué es Proba 3? Es una misión de la Agencia Espacial Europea formada por dos satélites, Occulter y Coronagraph, que vuelan en formación para crear eclipses solares artificiales y estudiar la corona solar.
- ¿Cómo se crea un eclipse artificial? Occulter proyecta un disco que bloquea la luz del Sol, mientras Coronagraph se sitúa en la sombra para observar la corona. La coordinación entre ambos es milimétrica.
- ¿Cuántos eclipses puede generar? El equivalente a unos 4.000 al año, gracias a que cada ocultación puede durar hasta seis horas y repetirse con mucha frecuencia.
- ¿Por qué se necesitan eclipses artificiales? Porque los eclipses naturales son escasos, breves y a menudo ocurren en lugares de difícil acceso para los científicos.
Las limitaciones de los eclipses artificiales
A pesar de sus ventajas, los eclipses artificiales de Proba 3 no son idénticos a los naturales. Hay dos diferencias importantes. La primera es la proximidad al borde solar. «Nosotros somos capaces de llegar desde 0,1 radios solares para adelante, mientras que en un eclipse solar natural se puede ver un poquito más», precisa Bastida. En otras palabras, la corona más cercana a la superficie del Sol solo puede observarse durante un eclipse natural, porque la geometría de la Luna permite ocultar la estrella de manera más nítida que un disco artificial situado a unos cientos de metros del instrumento.
La segunda diferencia es la experiencia humana. Un eclipse natural sigue siendo un espectáculo sobrecogedor que conecta a las personas con el cosmos de una manera que ningún instrumento puede sustituir. «Los eclipses naturales son complicados, pero como tal son maravillosos y ofrecen un montón de información, aunque sea breve», reconoce la científica.
De hecho, el pasado 12 de agosto fue el primer eclipse solar total que Esther Bastida presenció en persona. Mientras ella y miles de personas más admiraban el fenómeno desde tierra firme, los satélites de Proba 3 seguían trabajando en silencio, creando eclipses artificiales en el espacio. Esa conjunción entre la emoción del observador y la precisión del ingeniero resume perfectamente el momento que vive la exploración espacial: cada vez más capaz de replicar y superar los fenómenos naturales, pero siempre inspirada en ellos.