El antipapa Benedicto XIII sobrevive a un envenenamiento y gobierna desde Peñíscola

La fascinante historia del antipapa aragonés que desafió a Roma y cuyo cráneo aún hoy es objeto de disputa judicial.

Por Central
El cráneo momificado de Benedicto XIII, robado y recuperado, sigue en litigio entre tres localidades españolas.
Destacados
  • Benedicto XIII sobrevivió a un envenenamiento y continuó gobernando desde Peñíscola durante ocho años.
  • El cráneo del antipapa fue robado en el año 2000 y recuperado por la Guardia Civil meses después.
  • Tres localidades mantienen un pleito judicial por la custodia del cráneo de Benedicto XIII.

En el año 2000, un cráneo parcialmente momificado apareció en un palacio de Sabiñán, en Zaragoza. Los análisis lo identificaron como los restos de un papa del siglo XV. Alguien lo había robado de la urna donde reposaba. La Guardia Civil lo recuperó meses después, el 12 de septiembre. El cráneo lleva décadas generando un pleito judicial entre tres localidades —Illueca, Sabiñán y Peñíscola— que reclaman su custodia. Hoy descansa en un depósito del Museo Provincial de Zaragoza, esperando sentencia. Siglos antes, un santo le había profetizado ese destino: con su cabeza jugarán los niños a modo de pelota. La historia de cómo acabó así empieza en un castillo del Moncayo y culmina en la roca de Peñíscola, donde el antipapa Benedicto XIII sobrevivió a un envenenamiento y gobernó durante los últimos ocho años de su vida.

Un cardenal aragonés en el centro del Cisma de Occidente

Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor nació en el seno de una de las familias nobles más poderosas de Aragón. Segundo hijo varón, la costumbre le señalaba el camino de la Iglesia. Estudió Derecho Canónico en la Universidad de Montpellier, donde destacó como alumno y después como profesor, y fue nombrado cardenal por el papa Gregorio XI. En 1377, la monja dominica Catalina de Siena recordó al papa una promesa de juventud: devolver la sede a Roma. Gregorio XI, conmovido, regresó. Pedro de Luna viajó con él. Lo que viene a continuación partió la Iglesia en dos durante cuarenta años.

El cónclave caótico de 1378 y la doble elección

Gregorio XI murió en Roma el 27 de marzo de 1378 antes de poder reorganizarse. El cónclave que eligió a su sucesor fue un caos: la turba romana rodeó el edificio exigiendo un papa italiano bajo amenaza de muerte. El resultado fue Urbano VI, el arzobispo de Bari. Meses después, los cardenales —Pedro de Luna entre ellos— declararon inválida esa elección por coacciones y eligieron a Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII y se instaló en Aviñón. La Iglesia tenía dos papas. Ambos se excomulgaron mutuamente y ambos maldijeron a los seguidores del otro. Nadie sabía con certeza cuál de los dos iba al infierno.

Cómo Pedro de Luna llegó al pontificado: mérito, oportunismo y una promesa rota

Durante dieciséis años, Pedro de Luna fue el legado del papa de Aviñón en toda Europa. Medió entre Portugal y Castilla. Negoció entre Francia e Inglaterra, enfrentadas en la Guerra de los Cien Años. Era una de las figuras que mejor conocía el mapa político y jurídico de la cristiandad. Cuando Clemente VII murió en septiembre de 1394, los cardenales de Aviñón se encontraron ante un problema: elegir un nuevo papa perpetuaba el Cisma. Denominaron la solución como via cessionis: que ambos papas renunciasen para cerrar el conflicto.

El juramento que nunca pensó cumplir

Los doctores de París aconsejaron esperar. Todos los cardenales firmaron una cédula comprometiéndose a renunciar al pontificado si eran elegidos. Era la condición para aceptar el cónclave. El lunes siguiente, 20 de 21 cardenales votaron a Pedro de Luna. El único que no lo hizo fue él mismo. Aceptó el cargo. Tomó el nombre de Benedicto XIII. Y no renunció. Cuando le preguntaron por el juramento, respondió con la lógica de un jurista: ningún cardenal puede comprometerse a renunciar antes de ser elegido, porque eso violaría la libertad del Espíritu Santo. El juramento era inválido de raíz. Nadie lo convenció de lo contrario en los siguientes veintinueve años.

¿Por qué Benedicto XIII se negó a renunciar aunque había jurado hacerlo? Sostenía que el juramento previo a la elección era nulo, ya que comprometía la libertad del Espíritu Santo en la designación del pontífice. Como canonista, consideraba que ningún cardenal podía obligarse jurídicamente antes de ser papa, porque eso condicionaba la voluntad divina. Ese argumento, inapelable para él, mantuvo la división de la Iglesia durante casi tres décadas.

Cuatro reinos contra el resto de la cristiandad

Aragón, Castilla, Navarra y Escocia consideraron a Benedicto XIII su santo Papa. Todos los demás, no. Eso son cuatro reinos contra el resto de la cristiandad. Francia, que había sido el principal sostén del papado de Aviñón, le retiró la obediencia en 1398. En 1403 abandonó el Palacio de los Papas de Aviñón con solo cinco cardenales fieles. Eso implicó mover ejércitos y embajadas. Deambuló por ciudades de Francia e Italia mientras negociaba, maniobraba y publicaba tratados jurídicos. Era el papa más solo de la historia. Y el más obstinado.

Perpiñán, 1415: el enfrentamiento con Vicente Ferrer

El Concilio de Constanza, convocado por el emperador Segismundo, consiguió lo que ninguno había logrado: el antipapa Juan XXIII fue depuesto, y Gregorio XII, el papa romano, renunció en favor de la unificación. Solo quedaba Benedicto XIII. En septiembre de 1415, el mismísimo Vicente Ferrer —su amigo de décadas, predicador de fama europea, futuro santo— viajó a Perpiñán para convencerle. No lo logró. Se topó con este argumento: “Aseguráis que soy un papa dudoso; lo acepto. Pero antes de ser papa fui cardenal, y cardenal indiscutible de la Santa Iglesia de Dios, ya que fui investido antes del Cisma. Como los cardenales son quienes nombran al papa, solo yo puedo designar o elegir un papa auténtico”.

Vicente Ferrer lo dejó ahí, encerrado en ese círculo vicioso. Fernando I de Aragón lo abandonó también. El Concilio de Constanza lo condenó como hereje y antipapa. Martín V fue nombrado pontífice único de la cristiandad en 1417. Pedro de Luna, más solo que la una, se instaló en el castillo templario de Peñíscola.

El refugio de Peñíscola: biblioteca, alquimia y envenenamiento

La última roca era su creación más personal. El castillo de Peñíscola, sobre un promontorio frente al Mediterráneo, fue el teatro de los últimos ocho años de su vida. Allí construyó una corte y creó una de las bibliotecas más ricas del siglo XV, con volúmenes de teología, filosofía, arquitectura, medicina, alquimia, astrología y magia. Los “libros ocultos” de su colección le valieron acusaciones de hechicería y cultos demoníacos. Se decía que en su poder estaba el legendario Códice Imperial, un pergamino escrito por el propio Constantino cuya lectura helaba la sangre y sacudía la fe. Guardado en una cánula de oro, era el secreto mejor custodiado de la Iglesia. Cuando Benedicto murió, nadie lo encontró.

Sobrevivir a un envenenamiento con rejalgar a los 90 años

En 1418, con 90 años, lo envenenaron con rejalgar, una mezcla de arsénico y azufre. El atentado lo organizó un cardenal al servicio de Martín V. Un médico hebreo lo trató con un compuesto que desde entonces se llamó «Pulveris Papae Benedicti». Y sobrevivió. Rodeado por tropas aragonesas, con el mundo entero reconociendo a otro papa, siguió gobernando desde el peñón. Siguió nombrando cardenales, y siguió firmando bulas. Murió el 23 de mayo de 1423. Tenía entre 94 y 95 años. Sus últimas palabras: «Papa sum».

¿Cómo sobrevivió Benedicto XIII al envenenamiento con arsénico? El antipapa fue envenenado con rejalgar, un compuesto de arsénico y azufre. Un médico hebreo logró contrarrestar el veneno con un preparado que más tarde se conocería como «Pulveris Papae Benedicti». La fórmula no se ha conservado, pero el hecho de que un hombre de 90 años sobreviviera a una dosis letal de arsénico causó asombro entre sus contemporáneos y alimentó las leyendas sobre sus supuestos poderes mágicos.

La profecía de Vicente Ferrer y el destino del cráneo

Porque la profecía de Vicente Ferrer empezó a cumplirse. Sus restos fueron embalsamados y permanecieron en Peñíscola durante siete años, venerados por el pueblo como si fuera un santo. En 1430 los trasladaron a Illueca, su pueblo natal. Allí reposaron en una urna de cristal y madera, custodiados por la familia Luna. Un extranjero italiano destrozó la urna intentando profanarlos… y el arzobispo de Zaragoza tapió la sala para protegerlos.

Soldados franceses, niños y el río Iruela

Siglos después, durante las guerras napoleónicas, soldados franceses saquearon el castillo de Illueca. Golpearon la momia. Arrojaron los huesos al río Iruela. Antes, dejaron que unos niños jugaran con el cráneo. Labradores que trabajaban río abajo reconocieron el cráneo flotando y lo devolvieron a la familia Luna. Los demás huesos se perdieron para siempre. El cráneo pasó al palacio del Conde de Argillo en Sabiñán. La expresión “mantenerse en sus trece” probablemente le debe algo, por aquella insistencia en repetir “Papa sum et XIII” en su retiro a Peñíscola.

El pleito judicial del siglo XXI

En el año 2000, el cráneo fue robado del palacio de Sabiñán. La Guardia Civil lo recuperó meses después. Desde entonces, tres localidades —Illueca (lugar de nacimiento), Sabiñán (donde se custodiaba) y Peñíscola (donde gobernó y murió)— mantienen un litigio judicial por su custodia. Actualmente el cráneo permanece depositado en el Museo Provincial de Zaragoza, a la espera de una sentencia que determine su destino definitivo. El antipapa, que en vida no cedió ante nadie, sigue generando disputas más de seis siglos después de su muerte.

Legado de un canonista obstinado

Benedicto XIII no fue un papa más en la lista oficial de la Iglesia católica. Fue declarado antipapa, hereje y cismático. Sin embargo, para los reinos que le fueron fieles —Aragón, Castilla, Navarra y Escocia— fue el pontífice legítimo durante casi treinta años. Su obstinación, alimentada por una formación jurídica impecable y una convicción inquebrantable, prolongó el Cisma de Occidente más allá de lo que cualquier contemporáneo hubiera imaginado. Desde su retiro en Peñíscola, envenenado y abandonado por casi todos, gobernó una Iglesia paralela con la misma autoridad que si hubiera estado en Roma.

El cráneo de Pedro de Luna sigue hoy sin descanso definitivo. Mientras los tribunales deciden si debe reposar en Illueca, Sabiñán o Peñíscola, la historia del último papa español —antipapa para unos, legítimo para otros— permanece viva en los archivos y en la memoria de tres pueblos que aún reclaman el honor de custodiar sus restos. La profecía de Vicente Ferrer, aquella que auguraba que su cabeza rodaría como una pelota, se cumplió de forma literal. Lo que el santo no pudo prever es que, seiscientos años después, esa cabeza seguiría siendo motivo de disputa.

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