Encallan atunes de 300 kilos en Torrevieja, Orihuela y Pilar

Tres atunes rojos de 300 kilos aparecen varados en playas de Torrevieja, Orihuela y Pilar, apuntando a las granjas de engorde como origen.

Por Central
El hallazgo de atunes de 300 kilos en playas alicantinas revela el impacto de la acuicultura industrial en el Mediterráneo.
Destacados
  • Los atunes varados proceden probablemente de las granjas de engorde en San Pedro del Pinatar.
  • El tamaño de 300 kilos es estándar en el ciclo de engorde industrial del atún rojo.
  • La falta de necropsias públicas impide conocer las causas exactas de la muerte de estos ejemplares.

El pasado sábado 22 de agosto, tres atunes rojos de aproximadamente 300 kilos cada uno aparecieron varados en tres puntos distintos del litoral de Torrevieja. Los cuerpos, de un tamaño que desafía lo habitual en las playas, fueron localizados en la cala del Palangre, la playa de Los Locos y junto al paseo Juan Aparicio. Horas más tarde, un cuarto ejemplar fue hallado en la playa de Mil Palmeras, en Pilar de la Horadada, cerca de la desembocadura del río Seco. Estos eventos, que obligaron a movilizar camiones y grúas para retirar los cadáveres antes de la llegada masiva de bañistas, no son un misterio aislado: son la punta de un iceberg industrial y ecológico que cada verano deja su rastro en las costas del sureste español.

El patrón geográfico desvela el origen: las granjas de engorde en San Pedro del Pinatar

La concentración de estos varamientos no es aleatoria. La costa murciana, específicamente las áreas de San Pedro del Pinatar y El Gorguel, alberga una de las mayores zonas de engorde de atún rojo en mar abierto del mundo. La mecánica es implacable: la corriente Almeriense-Balear, reforzada por los vientos de levante, actúa como una cinta transportadora que empuja los cuerpos flotantes hacia el norte, depositándolos directamente en las playas de la Vega Baja alicantina. Los técnicos municipales, la UTE Acciona-Actúa y la Policía Local se encargaron de retirar los ejemplares antes de la hora punta para minimizar el impacto en la actividad turística. En la mayoría de los casos, estos animales terminan incinerados sin que se realice una necropsia pública que pueda esclarecer las causas exactas de la muerte.

¿Por qué ejemplares de 300 kilos? El proceso industrial de la cría en cautividad

El tamaño de los atunes varados es la primera pista de su procedencia. Un atún salvaje de 300 kilos es un ejemplar excepcionalmente grande y viejo, pero en el contexto de las granjas marinas, es un peso estándar dentro del ciclo de engorde. El proceso industrial es meticuloso: los ejemplares se capturan vivos durante su migración por el archipiélago balear mediante arte de cerco. Una vez capturados, son trasladados remolcados en enormes jaulas de transporte hasta los viveros de engorde, donde permanecen durante meses. Durante este tiempo, son alimentados con caballa y arenque congelados, un proceso diseñado para que ganen grasa rápidamente y alcancen un peso óptimo para el mercado japonés, donde el kilo puede alcanzar unos 15 euros en origen. La FAO sitúa el peso de entrada habitual de estos atunes en 150-200 kilos, pero las instalaciones en España, Italia y Malta manejan rutinariamente ejemplares de hasta 600 kilos. Los de Torrevieja, con sus 300 kilos, se encuentran en la media alta de este proceso de engorde industrial.

La fragilidad del atún rojo bajo presión: estrés, golpes y fallos en las jaulas

El atún rojo (Thunnus thynnus) es una máquina biológica de alto rendimiento. Capaz de nadar a más de 70 km/h y de regular su temperatura corporal por encima del agua que lo rodea, una rareza fisiológica entre los peces, su potencia lo convierte en un animal especialmente vulnerable en condiciones de cautividad. Cualquier captura, concentración excesiva o maniobra de remolque le genera un estrés agudo. Los golpes contra las paredes de las jaulas, la falta de oxígeno en momentos de alta densidad, las enfermedades derivadas de la dieta artificial o los fallos estructurales en las redes durante el traslado entre jaulas provocan muertes que, si no se retiran a tiempo, quedan a merced del viento y las corrientes. No todos los atunes son iguales: el ejemplar que aparece en Torrevieja es el atún rojo atlántico, que puede alcanzar los 458 cm de longitud y 684 kg de peso, con una esperanza de vida de hasta 40 años. Para contextualizar, el atún rojo del sur (Thunnus maccoyii), típico de aguas australianas, llega a los 245 cm y 260 kg, con un máximo de 20 años de vida.

Un precedente que marcó un antes y un después: la DANA de 2019

El fenómeno de los atunes varados no es nuevo en la región. Existe un precedente de gran magnitud que dejó una huella imborrable: la DANA de 2019. Las tormentas rompieron varias jaulas de engorde frente a San Pedro del Pinatar, liberando miles de atunes y llenando de cadáveres las playas de La Manga y el sur de Alicante. La empresa responsable, Grupo Ricardo Fuentes e Hijos, invirtió después 5 millones de euros en reforzar sus instalaciones, que hoy suman 20 jaulas con una capacidad total de 1.500 toneladas. Sin embargo, desde aquel evento, la plataforma Pacto por el Mar Menor denuncia la aparición constante de atunes muertos que no siempre están ligados a temporales. La Consejería de Medio Ambiente murciana aún no ha publicado un informe oficial que determine las causas de esta mortandad recurrente. La WWF, junto a la Asociación de Naturalistas del Sureste (ANSE), lleva publicando quejas desde 2023. En aquel año, el velero ELSE de ANSE se topó con siete atunes muertos, de entre 150 y 200 kilos, flotando a las afueras del polígono de acuicultura de San Pedro del Pinatar.

¿Se puede comer un atún varado? La trampa química de la histamina

Ante la visión de un atún de 300 kilos en la arena, una pregunta surge de forma casi instintiva: “¿Por qué desperdiciarlo?”. La tentación de aprovechar la carne es comprensible, pero extremadamente peligrosa. Desde el momento de la muerte, la descomposición bacteriana comienza a liberar histamina en niveles que aumentan exponencialmente con el paso de las horas. Este proceso, conocido como intoxicación por escombroides, no se neutraliza con ningún tipo de cocinado. Además, el diagnóstico de procedencia de granja se confirma casi siempre en las necropsias: una dieta monótona a base de pienso congelado genera un porcentaje de grasa artificialmente elevado, muy distinto al perfil lipídico de un ejemplar salvaje. Consumir la carne de estos animales supone un riesgo real para la salud, y las autoridades recomiendan su retirada e incineración inmediata.

El negocio del atún rojo: cifras de captura, mercado japonés y la defensa del sector

Para entender la escala del problema, es necesario mirar las cifras del negocio. España pescó en 2026 un total de 7.938,81 toneladas de atún rojo, un 17% más que el año anterior. Este incremento fue posible gracias al acuerdo de la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico (ICCAT), que elevó el total admisible de capturas en el Mediterráneo y el Atlántico Este a 48.403 toneladas para el periodo 2026-2028. El sector defiende su modelo productivo. Según un estudio impulsado por Apromar, la asociación empresarial de acuicultura, el atún rojo de granja aporta más ácidos grasos cardiosaludables que el salvaje recién pescado. Sin embargo, esta misma industria sufrió en 2024 una caída del 40% interanual en su cotización en el mercado japonés de Toyosu, el principal punto de venta del atún de alta calidad, lo que pone presión sobre los márgenes y, potencialmente, sobre las prácticas de manejo en las jaulas.

Un problema matemático en pleno agosto

La combinación de cientos de toneladas de atunes vivos, concentrados en jaulas flotantes, junto a una costa turística en pleno agosto, es una ecuación que estadísticamente garantiza la aparición de ejemplares muertos en las playas. El protocolo oficial ante estos varamientos es conocido: retirar rápido, incinerar y evitar que la foto arruine la mañana de playa de los turistas. Pero lo que conviene estudiar con seriedad es cuántos atunes mueren realmente cada verano en las jaulas murcianas y cuál es el destino final de todos esos cuerpos que no aparecen en la orilla. La transparencia en los informes de mortalidad, la realización de necropsias sistemáticas y la investigación independiente de las causas son pasos necesarios para que el sector pueda operar con plena responsabilidad ambiental y para que los ciudadanos comprendan la compleja cadena que conecta un plato de sushi en Tokio con un pez de 300 kilos varado en la arena de Torrevieja.

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