Hace 41 años, cuando Tom Hanks ya era un rostro familiar gracias a taquillazos cómicos como ‘1, 2, 3… Splash’ pero todavía le faltaba una década para ganar su primer Óscar, estrenó una comedia de espías que ni la crítica ni el público entendieron. Y en 1985, con el actor estadounidense en plena racha comercial, llegó ‘El hombre del zapato rojo’, un remake que no solo fracasó en taquilla sino que se convirtió en la primera gran mancha en la carrera de un intérprete que después sería considerado un tesoro nacional. Su estrepitoso fracaso fue de tal magnitud que el propio Hanks, en una entrevista concedida a Playboy, no dudó en enterrar el proyecto calificándolo de película sin foco narrativo, una rareza tratándose de un actor que rara vez habla mal de su propio trabajo. ¿Por qué fracasó estrepitosamente una película protagonizada por la futura estrella de ‘Forrest Gump’? La respuesta no está solo en el guion, sino en un problema estructural de Hollywood que convirtió una comedia francesa de bajo presupuesto en un producto descafeinado y carísimo de producir.
Un vistazo a la era dorada de la comedia de Tom Hanks en los años 80
Mucho antes de que Tom Hanks se convirtiera en el actor dramático más respetado de su generación, y mucho antes de que la industria lo coronara como el famoso «America’s Dad» que hoy conocemos a sus 70 años, el intérprete de Concord, California, dominó la taquilla de la década de 1980 con una serie de comedias que definieron el género. Mientras que rivales como Chevy Chase o Bill Murray explotaban una vena más cínica y sarcástica, Hanks construyó su personaje sobre una base de vulnerabilidad y encanto desarmante que lo hizo inmensamente popular.
Entre 1984 y 1988, Hanks encadenó éxitos como ‘1, 2, 3… Splash’, la comedia romántica de Ron Howard sobre una sirena que le valió el reconocimiento internacional en 1984; ‘Esta casa es una ruina’, la disparatada comedia que en 1986 conquistó a medio mundo; ‘Big’, la película de 1988 que le reportó su primera nominación al Óscar; y ‘Socios y sabuesos (Turner & Hooch)’, la buddy movie de 1989 que combinaba comedia y emociones con un perro como coprotagonista. Estos papeles no solo lo consolidaron como uno de los comediantes más taquilleros de la década, sino que también establecieron un patrón muy concreto de estudio: el público respondía a un arquetipo de hombre corriente que se enfrentaba a situaciones extraordinarias desde una mezcla de torpeza y honestidad desarmante.
Sin embargo, el camino hacia el estrellato nunca es lineal, y la carrera de Hanks experimentó un traspié significativo en 1985. En ese año, la industria cinematográfica estadounidense estaba experimentando una transformación profunda. El sistema de estudios clásico había muerto y los estudios dependían cada vez más de franquicias, secuelas y remakes como estrategia segura para minimizar riesgos ante la competencia de la televisión por cable y el auge del vídeo doméstico. En este contexto, la decisión del estudio 20th Century Fox de adquirir los derechos de una exitosa comedia francesa parecía, sobre el papel, una fórmula ganadora. El resultado sin embargo fue un desastre financiero que habría hecho tambalear la carrera de cualquier otro actor.
El mercado de remakes en la industria estadounidense de los años 80
La práctica de adaptar películas europeas al público estadounidense era ya una moneda de cambio habitual en la industria cinematográfica de Hollywood durante los años 80. Películas como ‘Tres hombres y un bebé’ (1987) o las adaptaciones de comedias italianas y francesas copaban las carteleras con grados de éxito dispares. La lógica estaba clara, tanto para los estudios como para los productores y la dirección artística: un guion de éxito europeo ya tenía el beneplácito de la crítica y el público en sus mercados de origen. La teoría parecía sólida — una audiencia estadounidense menos habituada a las sutilezas del humor galo podría responder ante las mismas estructuras narrativas pero con un enfoque más directo y actores de renombre para la conducción de la película. Esta forma de pensar, sin embargo, pasaba por alto el hecho de que el humor, especialmente el que se origina de complejos malentendidos culturales, raramente se traduce sin fisuras a través de los océanos cuando se enfrenta a la diferencia de timing entre la nueva producción.
El estudio 20th Century Fox, que en 1985 era parte de la estructura corporativa de Rupert Murdoch, adoptó una postura bastante habitual en esa época para este tipo de proyectos. Adquirió los derechos de ‘El gran rubio con un zapato negro’, una película de 1972 dirigida por Yves Robert y protagonizada por el querido actor y cómico francés Pierre Richard. La película francesa había sido lo suficientemente exitosa como para generar incluso una secuela, ‘El regreso del gran rubio’, y se había ganado el estatus de película de culto en Francia. Sin embargo, el estudio de la Fox no se limitó a trasladar la historia igual que en la Europa continental sino que invirtió una suma considerable (se estima que el presupuesto rondó los 16 millones de dólares, unos 45 millones ajustados a la inflación actual) y reclutó a un reparto muy reconocible que incluía no solo a un Hanks en ascenso sino también a Dabney Coleman, el malo carismático de ‘9 a las 5’ y ‘The Slap Maxwell Story’, y a la actriz y música Lori Singer.
Para el papel protagonista, Charlie, el estudio eligió a un Hanks que ya deslumbraba por su química con la cámara. Pero había una diferencia fundamental entre el original francés y el proyecto estadounidense: ‘El gran rubio con un zapato negro’ era una parodia sofisticada de las convenciones del género de espías que jugaba hábilmente con el gag recurrente de un hombre al que todos consideran un genio cuando en realidad no tiene ni idea de lo que está pasando. El guion adaptado por el equipo de guionistas del estudio, sin embargo, transformó la película para hacerla más accesible al público mayoritario de Estados Unidos de mediados de los años ochenta, lo que implicó eliminar en gran parte la acidez y la sátira política de la cinta original. En la versión de 1985, Hanks interpreta a un violinista que confunden por sistema con un agente de la CIA, un cambio que elimina toda referencia al entorno europeo y sobredimensiona la comedia física. El riesgo era obvio para cualquier productor avezado del sector
La trama, el reparto y las decisiones de producción que marcaron el camino del desastre
Conviene detenerse en los detalles concretos que provocaron el fracaso del proyecto. En la versión de 1985, bajo la dirección de Stan Dragoti, el actor Dabney Coleman (que posteriormente habló con cierta incomodidad de sus experiencias en la película) interpreta a un subdirector adjunto interino adjunto de la agencia, mientras que Hanks se mete en la piel de un músico despistado. La decisión creativa más controvertida que tomó el estudio cinematográfico fue la de ambientar la película en Washington D.C., con una oficina de la CIA que parece un contraste con el estilo europeo de la producción original. Se eliminaron ciertos sketches de la obra de Pierre Richard que eran considerados demasiado intelectuales para la audiencia mayoritaria de Estados Unidos. La película de 1 hora y 32 minutos de duración fue diseñada para tener un ritmo más rápido, con numerosos cortes en las escenas de diálogo, y se enfocó más en el humor físico de Hanks, reflejando el estilo de comedia que él estaba desarrollando.
Las decisiones de producción no terminan ahí. Algunas fuentes señalan que el personaje de Coleman debía tener un mayor peso en la trama, pero el montaje final del estudio cinematográfico recortó gran parte de esas escenas. Todo esto se tradujo en una película que el propio crítico Roger Ebert, en su reseña para el Chicago Sun-Times, describió como un producto confuso. Hay una discrepancia editorial clave que ningún periodista especializado en cine ha pasado por alto: la película no tenía claro si quería ser un thriller lleno de misterio, como la obra de John le Carré que tan de moda estaba en esos años, o una comedia disparatada con elementos de la confusión que tan bien funcionaban en los Hermanos Zucker. Esta ambivalencia tonal, combinada con la incapacidad de la película de capturar la esencia de la película francesa y la química entre sus protagonistas, se convirtió en el principal desafío de un rodaje que la crítica especializada no perdonó.
Para situar el problema en contexto, cabe señalar que el número de cómicos de renombre que pasaron por la corta historia de fracasos en Norteamérica es extenso. La industria del cine de los años 80 estaba obsesionada con la perspectiva de una comedia musical ligera que pudiera estrenarse en horario familiar, pero los casos de éxito eran escasos. El hecho de que la película recaudara solo 8,6 millones de dólares en la taquilla estadounidense, frente a un presupuesto de 16 millones, la convirtió en un saco de boxeo para los ejecutivos que buscaban a quién echar la culpa. El aparcamiento exterior de la 20th Century Fox de esa época era un cementerio de futuros proyectos cancelados, y la película de Hanks casi se convierte en uno de ellos. El filme, que se estrenó el 31 de julio de 1985, se retiró de la circulación a las tres semanas de su estreno, desapareciendo por completo del circuito de salas de cine.
Las críticas desde la prensa especializada y la respuesta de la audiencia en taquilla
En 1985, el fracaso financiero de una superproducción de Hollywood solía juzgarse con la misma dureza que un asesinato en la prensa escrita, y el caso de la película protagonizada por Hanks no fue una excepción. La recaudación de 8,6 millones de dólares frente a unos presupuestos de producción que la prensa americana cifraba en 16 millones, sin contar las partidas de marketing, supuso un resultado financiero catastrófico. No era el único filme que fracasaba ese verano, pero los costes de producción y los grandes nombres involucrados convirtieron la película en un chiste recurrente en las salas de los ejecutivos de los grandes estudios. La crítica internacional se cebó especialmente con el director Stan Dragoti, que justo un año antes había dirigido a Pia Zadora en ‘El pequeño demonio’, intentando lavar la imagen de una actriz que la crítica odiaba abiertamente.
Es relevante señalar que las razones del fracaso no fueron fruto de una crítica unánimemente venenosa, sino de una falta de interés generalizada por parte del público. Mientras que la película original francesa se apoyaba en el humor de situación y en el menos es más para construir situaciones cómicas cargadas de inteligencia, la versión estadounidense de 1985 apostó por los diálogos explicativos y el estilo de la casa. Cuando se mira al reparto del que formaban parte la recién llegada Lori Singer (que venía de ‘Fama’) o el peso pesado Dabney Coleman, uno podría suponer que los estudios lo apostaban casi todo a la química entre un reparto perfecto y bien entrenado. La película se rodó entre los estudios de los Ángeles y algunas localizaciones exteriores de la costa oeste, pero el resultado final denotaba una extraña falta de química entre los protagonistas. En su crítica, Roger Ebert no se mordió la lengua y fue directo al grano, llamándola sin ninguna duda «fallida» y sin demasiadas muestras de un humor que la prensa escrita estadounidense esperaba de un actor de esta talla.
La decepción no era solo financiera. Había una dimensión inmediata que las productoras valoraban mucho en aquel año: la película contaba con una de las bandas sonoras originales de la época, compuesta por el famoso productor musical de Hollywood que había triunfado con series de televisión de culto, pero el estudio no logró integrar el impacto de la misma en el marketing. Las malas críticas se sumaban a un boca a boca que rápidamente catalogó la cinta de aburrida, un estigma del que la película nunca se recuperó. Se convirtió en un caso de estudio tan citado en las aulas de los estudios de cine que las escuelas de negocios de la región de Los Ángeles comenzaron a usarlo como ejemplo de las malas prácticas de producción. Documentos internos filtrados años después mostraron que, en la primera proyección de prueba, los espectadores dieron a una parte clave del montaje una puntuación inferior a la media en el medidor de escenas que se utilizaba en el sector.
Tom Hanks contra las cuerdas: la autocrítica del actor y su camino hacia el Óscar
Cuando se le preguntó por la mala acogida de la película durante una entrevista con David Sheff en Playboy, el actor del que todos hablaban no dudó en reconocer las carencias del largometraje. La autocrítica de Hanks fue perspicaz y directa, afirmando sin rodeos que la película «no es especialmente buena» y señalando que carece de un enfoque claro: la historia no tiene un centro real y se entiende poca cosa. Este tipo de declaraciones fueron muy valiosas, no solo para los fans del actor que quizás esperaban un enfoque defensivo, sino también para los que estudiaban los mecanismos que llevan al fracaso de una película con un actor tan carismático como él en el papel principal. La franqueza con la que Hanks habló de la mala conciencia que le producía el filme nos recuerda lo difícil que es para un actor en plena cresta de la ola evaluar el guion de una película que ya está rodada.
Este incidente del año 1985, sin embargo, actuó como un catalizador y no como una losa cargada de lastre sobre el futuro actor ganador del premio de la Academia. La lección más valiosa que se puede extraer del caso de la película del zapato rojo es cómo influyó en la misión de Hanks de elegir papeles más cuidadosamente. El actor, que entonces se movía en el terreno de las comedias para toda la familia, decidió que necesitaba más perspectiva. Aprendió a desconfiar de las bondades de las escenas de acción, y comenzó a buscar guiones que desafiaran tanto al público como a sus propias habilidades actorales. Unos años más tarde, en 1988, Big le traería su primera nominación al Óscar, seguida del increíble doblete entre 1994 y 1995 con Philadelphia y Forrest Gump, que le aseguraron el lugar en la historia del cine. La determinación de Hanks de no repetir los errores del thriller de espías le valió para embarcarse en la producción de películas con mayor capital artístico y cultural, como ‘Algo para recordar’ en 1993 en el género romántico, o las colaboraciones posteriores con el director de cine de guerra Steven Spielberg.
Es irónico que el mayor logro de la película de 1985 fuera su contribución a la fotografía final de la filmografía de su director, Stan Dragoti, que tras este proyecto no volvería a dirigir otro largometraje que el público recuerde. La cinta, dirigida con el permiso del estudio para servir una sátira en el plato de los críticos que la esperaban ansiosos, fracasó a nivel de Estados Unidos por una mezcla de mal momento y mejor intención que la que mucha prensa le reconoció. La ausencia de la película en el catálogo de Disney+ o de las principales plataformas como Netflix o HBO Max, salvo en algunos canales de nicho de televisión por cable, confirma que el largometraje no ha tenido la oportunidad de ser reevaluado como una obra menor, pero querida por un culte de nicho. La falta de una edición en Blu-ray (el DVD de 2004 está completamente descatalogado) ha querido datar el filme como una simple nota al pie en los anales de la carrera de la superestrella de ‘Náufrago’.
La vigencia del caso de estudio: qué errores de producción convirtieron el remake en un fracaso histórico
¿Qué convierte a una comedia aparentemente inofensiva en un fracaso de 16 millones de dólares que ningún estudio quiere reivindicar? El caso de ‘El hombre del zapato rojo’ ofrece varias teorías desde el punto de vista de los ejecutivos y de la dirección de actores. La película confundió constantemente el enfoque de la cámara y el tono general de la historia. A diferencia de la versión original, en la que Pierre Richard interpretaba a un violinista que es la envidia de la orquesta y que se convierte en agente en un mundo de espías lleno de trampas, la película americana utilizó el escenario de una agencia de inteligencia con paredes de cristal para presentar una serie de gags que no terminaban de despegar. El guion, coescrito por el equipo de Robert Klane, fue aprobado por el estudio y filmado en 1984, pero el montaje final fue alterado por completo.
Hay que tener en cuenta varios factores que marcaron el destino económico de la película. Para empezar, una fecha de estreno que la enfrentó a ‘Regreso al futuro’ (que se había estrenado unas semanas antes) y a ‘Cocoon’, convirtiendo el estreno del filme en una batalla de gigantes que, ante la falta de una clasificación familiar clara, optaba por un producto que la crítica etiquetó como una pérdida de tiempo. Con una duración de menos de una hora y media, la película se esfumó rápidamente de las salas de cine, un problema clásico para un actor como Hanks, que no tenía la maquinaria de remakes que algunos estudios querían lanzar. A pesar de que el equipo de producción intentó promocionar el filme como una parodia que los aficionados al cine de espías iban a adorar, nunca consiguió despegar entre el público general.
Desde una perspectiva de la industria cinematográfica, el filme se ha convertido en un caso bien documentado de lo que sucede cuando los estudios estadounidenses intentan replicar el encanto de las comedias con un sello muy local sin comprender sus mecanismos. Se trataba de una película sencilla, cuyo éxito en Francia en los años 70 residía en la relación catódica entre el gran hombre y el universo pulcro de una Europa que se desmoronaba a su alrededor. El error fue creer que el mero hecho de colocar a la estrella adecuada (en este caso, Hanks, cuya cara de buen chico con un zapato marrón en la cabeza hizo que el cartel de la película vendiera por sí solo) sin el pensamiento creativo del director original conseguiría el mismo efecto. El estudio cinematográfico no se equivocó respecto a la estrella que estaba lanzando, pero la película fracasó en todos los demás aspectos de producción. Las escenas en las que Hanks tropieza con todo el mobiliario, una marca de fábrica de la comedia física estadounidense, resultaron demasiado cursis para los críticos y no despertaron el interés de la audiencia que prefería la acción más explícita de mediados de la década.
Para entender el rechazo completo del público en 1985, especialmente en comparación con la carrera triunfal del género en aquella misma época, conviene señalar que los estudios de Hollywood estaban inmersos en una huelga de guionistas que afectaba a toda la industria. Este trasfondo no justifica la calidad final de la película, pero sí los intentos de muchos de sus ejecutivos de culpar a factores externos de taquilla. Los cimientos del fracaso también residían en la incapacidad del estudio de confiar en el material de origen francés para un mercado masivo que era ya visto como un producto internacional en expansión. La producción ni siquiera se benefició del éxito que, en ese año, estaban teniendo las películas de espías con grandes estrellas, como la entrega de James Bond ‘Panorama para matar’.
Consecuencias a largo plazo y la huella en la filmografía de Tom Hanks
Es un ejercicio interesante mirar la carrera de Hanks y preguntarse si sin el fracaso de la película de 1985 habría alcanzado su estatus legendario. El actor ha declarado en varias ocasiones que los contratiempos de aquella etapa fueron fundamentales para evitar que se durmiera en los laureles y se convirtiera en otro rostro descartable de las comedias de moda. La película, que algunos críticos llaman la comedia musical que casi lo termina confinando siempre a un género, sorprendentemente no afectó a su estatus como actor del año. El hecho de que la película del zapato rojo se haya convertido en el último de los fracasos absolutos de su carrera en taquilla durante muchos años dice mucho de su capacidad para aprender de los errores y aplicar el sentido de la disciplina. El prestigio que acumularía con la épica ‘Salvar al soldado Ryan’ en 1998 o la comedia existencial ‘Náufrago’ en el año 2000, entre otras, demuestra que la destreza interpretativa siempre estuvo ahí, solo necesitaba del vehículo adecuado para mostrar la extraordinaria gama de emociones que había estado desarrollando.
El impacto de este fiasco en la crítica de su tiempo no ha disminuido con la edad. La película no ha aparecido en ninguna de las listas de mejores largometrajes que publican los periódicos de referencia en el aniversario de su estreno. Ningún canal de televisión en España emite la película en horario de madrugada como un clásico de culto que merece una revisión. A diferencia de otras comedias ochenteras que nacieron como fracasos y que fueron redescubiertas por generaciones posteriores gracias a las copias en vídeo, ‘El hombre del zapato rojo’ ha sido doblemente castigada por el olvido, una rareza teniendo en cuenta las cifras de taquilla de la época y el hecho de que ni siquiera el apellido de su gran protagonista, que entonces ya era una estrella consolidada, pudiera rescatarla. Solo una entrevista que circuló en el año 2005, coincidiendo con el lanzamiento en DVD, volvió a poner la película en el ojo del huracán de los aficionados más acérrimos.
En este contexto, el valor histórico de la cinta reside más en la trayectoria de su actor que en sus propios logros cinematográficos. La lección que la industria extrae de este caso sigue siendo relevante en la era del streaming, donde la nueva película de Hanks se estrena directamente en las plataformas digitales de pago casi sin pasar por las salas de cine. La posibilidad de que una película como ‘El hombre del zapato rojo’ se estrellara en el clima actual es prácticamente nula, ya que no habría necesitado de una audiencia masiva en salas para ser rentable. De hecho, el público que descubriera la versión de 1985 en algún canal de pago o en una plataforma de vídeo bajo demanda podría encontrarla desconcertantemente mediocre, pero no carente de ese tipo de encanto que solo las superstars de la época podían transmitir, con un estilo de vestir que delata la estética de los ochenta, cercano al de aquel joven que ponía una tortilla de patatas en los platós televisivos. La película se ha convertido así en una cápsula del tiempo y un recordatorio de que incluso las carreras más brillantes contienen capítulos que los equipos de relaciones públicas prefieren enterrar bajo millones de éxitos de taquilla. Que la mayor parte de los actores pueda soñar con un proyecto así se debe, irónicamente, a la tercera o cuarta opción de una carrera que se ha caracterizado por saber cuándo no usar un zapato rojo, sino los tacones más elegantes de la historia del cine moderno.